El gran recolector y la fuerza del amor

cuartel general

 

 

Por Eduardo Villegas

Esta es la historia de ‘Moyo’ un chavo hoy adolescente y alto pero que hace un par de años era un niño pequeño, simpático, despierto, de grandes ojos y mirada expresiva. Moyo adoraba permanecer toda la tarde en su cuarto con videojuegos en línea, caricaturas, videos chuscos en YouTube, su cuenta de Facebook, la tablet o el celular entre las manos y, por supuesto, la música a todo lo que da, a través de sus audífonos, mientras realizaba simultáneamente casi todas las actividades que he descrito (¡qué capacidad tienen los niños de ahora para realizar infinidad de tareas a la vez y salir relativamente bien librados!)

Salir a caminar, patear la pelota, jugar con el perro o bañarlo, andar en bici o simplemente darle la vuelta a la manzana y respirar aire fresco, entre muchas otras sugerencias de su mamá, eran actividades impensables para él y se convertían en una enorme pérdida de tiempo que le impedían disfrutar su programa favorito, dar seguimiento a sus amigos en redes sociales, o ganarle el combate del juego online a su contrincante virtual, mientras permanecía todo el tiempo acostado en su cama.

1 cuartel la fuerza del amorMoyo era uno de esos tantos niños que crecen con una mínima supervisión directa y constante por parte de sus padres debido a que el núcleo familiar en el que vive se ha transformado radicalmente: su mamá es una mujer divorciada y trabajadora incansable que ante la ausencia de una pensión para poder mantener a sus dos hijos adolescentes, tenía que trabajar doble turno y en ocasiones hasta viajar a otras entidades del país.  El de Moyo era uno más de esos hogares que diariamente engruesan las estadísticas de núcleos familiares en los que las madres se convierten a, su vez, en jefas de familia y proveedoras únicas del hogar

Aunque Moyo adoraba la tecnología y gran parte de su tiempo era absorbido por ésta, yo lo definiría en aquella etapa de su vida como un gran recolector de bebidas azucaradas, harinas, dulces y frituras que iba acumulando y resguardando entre las sábanas de su cama, debajo de la almohada, en el colchón, en los cajones entre la ropa y hasta debajo de la cama, y consumiéndolos de poco a poco a lo largo de la semana.  Muchas veces los restos de esos dulces, esas envolturas vacías o el plato del postre o cereal aparecían debajo de las cobijas o debajo de la cama: todos ellos eran los últimos rastros o, más aún, los testigos silenciosos de una infancia sedentaria, de un no óptimo rendimiento escolar dadas las pocas horas de estudio o las tareas inconclusas y las largas noches en vela que le impedían conciliar el sueño pues su cerebro se encontraba aún enganchado, en alerta y sobre excitado de estímulos visuales, auditivos y de los excesos de glucosa que había acumulado a lo largo del día.

Pero también, todas esas envolturas, utensilios y recipientes vacíos daban cuenta de la necesidad de una “nutrición afectiva” que no llegaba a la vida de Moyo y que, en cambio, era compensada o mal sustituida por todos esos productos y alimentos que simbólicamente abrazaban a Moyo (como seguramente abrazaron en su momento a Manuel Uribe, considerado alguna vez la persona más obesa del mundo según record Guinness del 2006, con 560 kilos de peso, y quien murió el pasado 26 de mayo en su natal Monterrey).

Hoy las cifras de obesidad resultan verdaderamente alarmantes. Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, México ha estado inmerso en una creciente espiral de sobrepeso y obesidad, desde finales de la década de los 80’s y hasta después del 2005 con crecimientos promedio anuales del 2% y un acumulado de más del 20%. Entre niños el incremento también fue exponencial y es por ello que hoy en día uno de cada tres niños ya tiene serios problemas de sobrepeso u obesidad, colocando a México en primer lugar mundial en materia de sobrepeso y obesidad infantil.

Pero siguiendo con la historia de Moyo podría decirles que la adolescencia llegó a su puerta y junto con ella el deseo de gustarle a la chica nueva del salón, era evidente que Moyo se había sentido profundamente atraído por ella y deseoso de llamar su atención, tan es así que volvió a desempolvar su guitarra y a afinar y reponer aquellas cuerdas que le hacían falta.  Moyo comienza hoy a mostrar signos de acné en su rostro y a experimentar sus primeras heridas en la tez ocasionadas por el uso del rastrillo. En su baño, además del gel para peinar que ya forma parte de los activos fijos de toda su vida, hay nuevos artículos de cuidado personal que antes no figuraban en su stock: un par de lociones, dos marcas de desodorante, la espuma para rasurar, los repuestos de navaja para afeitar y hasta dos marcas distintas de pasta de dientes.

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Se desconocen los daños colaterales que la desmedida ingesta de azúcares, sodio y carbohidratos hayan traído al estado de salud general de Moyo, pero queda la esperanza de que el amor se convierta en el motor del cambio en su vida y que sea el impulso que lo motive a moverse más, a hacer ejercicio, a cuidar su salud y a abandonar unos cuantos kilos de más que aún permanecen tras a la gran estirada que dio.

Con tristeza veo diariamente en mis diversos estudios y segmentos entrevistados reacciones de molestia y disgusto en los ciudadanos por el impuesto a refrescos y alimentos de alta densidad calórica, en los niños desilusión argumentando el cambio de hábitos alimentarios de las cooperativas escolares, en los padres de familia impotencia por la obligatoriedad en suministrar agua simple y verduras o frutas en el lunch de sus hijos siendo que éstos se los rechazan, a los cañeros que ven amenazadas sus cosechas y sus ingresos, a los fabricantes de alimentos y bebidas que denuncian pérdidas importantes en volúmenes de venta o participación de mercado, a los profesores que ven a sus alumnos indiferentes ante el ejercicio, con bajo rendimiento académico y sin la adecuada atención y contención paterna.

Comprendo, entiendo y en ocasiones hasta justifico las diversas posturas que escucho, las parciales verdades que todos los actores esgrimen como argumentos para defender sus puntos de vista.  Pero poco he escuchado del deseo y voluntad de que todos contribuyamos, como sociedad, a formar generaciones más sanas, a no alentar infancias fallidas, a erradicar o al menos disminuir los ambientes obesogénicos que rodean el entorno infantil, y a desear que sea la fuerza del amor a nuestros niños y su futuro lo que nos impulse a trabajar, en colectivo, por sacarlos adelante.

 

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