Como si fuera yo…

1 cuartel generalPor Eduardo Villegas

Suelo comer todos los días en un restaurante familiar que ofrece un menú muy variado y sano y a precios bastante módicos: el lugar es muy limpio y acogedor y el servicio también lo es y, aunque a veces hay que esperar hasta 15 minutos a que se desocupe una mesa, la espera bien vale la pena. Y es que el restaurante no está equipado con una barra y sillas individuales para recibir a los comensales que acudimos solos al lugar, las mesas de menor capacidad son las de mínimo dos comensales.

En una ocasión, se acercó el mesero y me preguntó si no tenía inconveniente en compartir la mesa con otro comensal que también venía solo. Fue así como conocí a Ramiro, un hombre muy alto y fornido, siempre de sonrisa amable a quien ya había visto en aquel lugar. Lo reconocí, pues su altura hacía que fuera imposible no voltearlo a ver. Siempre viste de traje y corbata oscuros. Al platicar con él, me enteré que tenía ya más de 57 años de edad, hijos universitarios o profesionistas y dos nietos. -¿Cómo le haces, Ramiro, para mantenerte en tan buena forma? -Yo tengo siete años menos que tú y parezco tu abuelo – le comenté. -Mucho ejercicio y una buena alimentación, pero es que mi trabajo me lo exige. -¿Pues a qué te dedicas? -le pregunté yo. -Soy guardia de seguridad en una empresa privada y me toca ver la seguridad del mero dueño, no me puedo dar el lujo de tener un gramo más de grasa y siempre me exigen el traje, la corbata, el cabello corto y el bigote recortado.

En ese momento su historia logró engancharme y me preparé para un gran banquete, no el de la comida del restaurante, sino el que Ramiro comenzaba a sazonar al platicarme acerca de ese mundo que muchas veces nos resulta intrigante, totalmente misterioso, y muy ajeno a la cotidianeidad de la gran mayoría de los mortales. Mi espíritu investigador saltó por delante y me dispuse a hacer miles de preguntas pero, sobre todo, a escuchar lo que Ramiro tenía por platicar.

Resulta que Ramiro es jefe de guardias y por ello le toca no sólo atender “al mero patrón”, como él dice (es decir, al dueño de una gran empresa mexicana de alcance internacional), sino también coordinar a todo el cuerpo de seguridad de los funcionarios más altos de la empresa y de sus respectivas familias.

Ramiro me contó que ha recibido importantes y recurrentes capacitaciones en el extranjero, sobre todo con el ejército israelita, pero también en Alemania, en Estados Unidos e incluso en México y que dichas capacitaciones no sólo se refieren a temas de defensa personal y artes marciales, sino de manejo de armas y explosivos, conducción de vehículos blindados en condiciones adversas, primeros auxilios, herramientas de negociación y persuasión en situaciones de crisis, etc. Conforme Ramiro hablaba, mi admiración hacia él, hacia su nivel de preparación y al profesionalismo que siempre mostraba iban creciendo. De hecho, me confesó que en ese momento se encontraba un cuanto incómodo en el restaurante, pues el lugar que le tocó ocupar en la mesa donde ambos comíamos daba a espaldas de la entrada principal y él prefería siempre estar mirando los accesos principales de los lugares a los que iba: “pero bueno, estoy en mi momento de descanso y necesito regresar puntual con mi jefe, así es que te agradezco que hayas aceptado compartir la mesa”. Y sin más le dio un par de sorbos a la sopa, dejó un billete de $100 que cubría la totalidad de su consumo incluyendo propina y se despidió abrupta y repentinamente.

Volví a coincidir con Ramiro unas tres o cuatro ocasiones más y tras la amistad que ya habíamos establecido, se volvió costumbre que cuando alguno de los dos llegábamos al restaurante checábamos para ver si el otro comensal ya estaba dentro, compartir así la mesa y continuar la plática justo donde la habíamos dejado.

Ramiro me explicaba cómo era la estructura de los vidrios, las puertas y hasta las llantas de los autos y camionetas blindadas y me comentó que existía toda una serie de señales que los guardias de seguridad se hacían con brazos y manos o con las direccionales, las intermitentes y hasta las luces de los autos para que los escoltas que componían la caravana de vehículos que acompañaban a los funcionarios pudieran coordinarse durante los trayectos. Por supuesto (y dado el profesionalismo de Ramiro), nunca me reveló los significados de las diversas señas, sólo se limitó a explicarme que existían.

En algún momento, y ya entrados en confianza, le tuve que confesar que a mí en muchas ocasiones me molestaba sobre manera cómo los guardias de seguridad te aventaban el auto encima si al conducir tu auto (y sin querer o buscando librar a tiempo una salida o un semáforo), tratabas de colocarte entre el vehículo escoltado y el de los guardias. “Te entiendo, Eduardo; muchas personas no conocen nuestra función y nos humillan o se expresan con términos muy despectivos hacia nosotros, no nos bajan de guarros, cafres, prepotentes y neandertales, pero tenemos una función que cumplir”

Y me seguía platicando entusiasmado y orgulloso que, en muchas ocasiones, le había tocado conocer personajes de talla internacional muy famosos y respetables que venían de visita a México y a quienes solía recibir y proteger durante toda su estancia. También me comentó de la gran cantidad de felicitaciones y reconocimientos públicos que ha recibido de dichos personajes y hasta ofertas de trabajo e invitaciones a residir en el extranjero como guardia de seguridad de estos personajes famosos. “Pero aquí tengo a mi familia, a mi esposa, a mis hijos y a mis nietos y, aunque los veo muy poco, prefiero aprovechar cualquier ratito libre para verlos. Aunque, muchas veces, el jefe cambia su itinerario y me quedo días y a veces semanas sin visitarlos”.

Ramiro comentó que a veces le ha tocado trabajar todo el periodo vacacional cuidando a su jefe y familia mientras éstos se encuentran en algún destino de playa “Sí, Eduardo. Con traje, con arma, zapatos y con el sol a plomo todo el día. Por las noches, tienes que estar atento a cualquier situación que pudiera suceder y, aunque montamos guardias, no siempre logras un sueño reparador durante las horas que te toca descansar. El problema es que una vez que el jefe termina sus vacaciones ya le toca trabajar y ahí tienes que estar. Una vez, después de un mes de vacaciones y cuando ya veníamos regresando, me dijo: ‘Ramiro, prepara tus cosas porque estaremos dos meses en Europa y salimos mañana’. Ni modo, sólo tuve una noche libre para que mi familia me pusiera al tanto de lo que había pasado en el último mes y para despedirme por los siguientes dos meses que me tocaría trabajar fuera del país. Y falta decirte que diario tengo que hacer ejercicio, natación, caminata, práctica de tiro y manejo, siempre hay que estar en forma”.

-¡Pero eso no es vida Ramiro! -le dije al escuchar ese episodio que recién contaba y que me impactó. -Lo sé. Pero tengo un jefe muy buena onda y muy generoso, en ocasiones cuando vamos a un restaurante y los encargados no nos tratan bien o rápido mi jefe los manda llamar y les dice que por favor nos atiendan bien. Una vez le dijo al mesero: “a Ramiro sírvele rápido y lo que él pida, porque Ramiro es como si fuera yo”. Y la verdad es que yo me sentí muy bien y muy reconocido.

Esa tarde me despedí de Ramiro sintiendo una profunda admiración por la entrega a su trabajo y la compostura que guardaba hacia su profesión y me fui a casa para investigar un poco más de esta industria, descubriendo que dados los altos índices de violencia y delincuencia en el país, se ha dado un fuerte impulso a la industria de la seguridad privada, la cual alcanza un valor de mercado cercano a uno por ciento del Producto Interno Bruto, PIB (cercano a los 160 mil millones de pesos) y un crecimiento anual sostenido del 40% al cierre del 2012.

El presidente de la Asociación Mexicana de Seguridad Privada, Información, Rastreo e Inteligencia (AMISARIA por sus siglas), afirmó que, al cierre de 2013, los industriales del ramo ya preveían un crecimiento de por lo menos 60%, la cifra más alta alcanzada desde el 2000, cuando comenzó un desarrollo mucho más significativo de estas empresas, a la par que la inseguridad empezó a registrar datos alarmantes. Explicó que las ramas que mayor demanda de servicios tienen son los guardias de seguridad, los sistemas de circuito cerrado de televisión, los centros de monitoreo, alarmas en casa habitación y guardaespaldas, entre otros. Para diversas empresas, el gasto en seguridad ya representa por lo menos diez por ciento de sus costos totales.

Mi último encuentro con Ramiro fue hace un poco más de un mes, ya no lo he vuelto a ver desde entonces y asumo que debe estar de viaje acompañando a su jefe.En esa ocasión, Ramiro dijo algo que me congeló por completo: yo seguía obsesionado con el tema de los vehículos y las llantas blindadas y de cómo poder operar y controlar un vehículo al que ya le habían baleado los neumáticos sin perder el control de la unidad y manteniendo una velocidad constante que le permitiera huir de sus agresores. Ramiro me platicaba de los rellenos duros que se encuentran adheridos al rin de los neumáticos y de los chalecos antibalas que los guardias siempre llevaban puestos y entonces yo lo interrumpí diciendo: -Me imagino, Ramiro, que tu jefe debe de llevar algún chaleco anti balas o una de esas camisas ligeras que dicen que ya ofrecen cierto nivel de blindaje y protección. Ramiro respondió: -No, Eduardo, mi jefe viste ropa normal. Yo soy su chaleco blindado. Esa es mi función y para eso me pagan, para ponerme entre la bala y él.

Ahí terminó la última charla con Ramiro y ahí comenzó mi profunda admiración y respeto por los cuerpos de seguridad y su loable y silenciosa labor. Las palabras del jefe de Ramiro frente a aquel mesero que no lo atendía correctamente en cierta ocasión comenzaron a cobrar fuerza en mi mente y, aunque tal vez el jefe no medía la fuerza de sus palabras, para mi cobraron todo el sentido del mundo: “Traten a Ramiro como si fuera yo”.

Hoy comprendo que Ramiro vive todos los días poniendo en riesgo su vida por la de su jefe, “como si fuera él”.

Cuartel General de Comunicación y Estrategia, S.C.

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